Mundo ficciónIniciar sesiónAl día siguiente, Alba llegó temprano a las oficinas de la fundación, antes de que la mayoría del personal administrativo ocupara sus puestos, con la intención deliberada de moverse por los pasillos sin la vigilancia constante que sentía en la mansión. El acceso interno de la noche anterior había resultado ser, según Rivas, una prueba rutinaria del propio sistema que alguien había olvidado registrar en el calendario de mantenimiento. Una explicación demasiado limpia para tranquilizarla del todo. El edificio, un antiguo palacete reconvertido en oficinas en el corazón de Salamanca, tenía esa clase de silencio matutino que revelaba mucho más de una institución que cualquier reunión oficial. Los cafés a medio terminar sobre los escritorios, las luces encendidas en despachos vacíos, los pequeños hábitos de la gente que trabajaba ahí cuando creía que nadie más los observaba.
Se sirvió un café solo de la máquina del pasillo, ignorando el sabor amargo, y repasó lo poco que sabía con certeza: un intruso entrenado, un ángulo muerto conocido de antemano, cuatro nombres con acceso y una sociedad, Serrano Advisory, que aparecía con demasiada frecuencia para ser coincidencia. Necesitaba algo más sólido que sospechas antes del viernes, algo que Victoria no pudiera descartar con una sonrisa y un cambio de tema. Antes de buscar a Rivas, Alba encontró un mensaje de Diego. *No salgas sola del edificio hasta que sepamos qué fue el acceso de anoche.* Alba estuvo a punto de responderle que no empezara otra vez. Un segundo mensaje llegó antes. *No es una orden. Es una petición.* Alba miró la pantalla durante demasiado tiempo. *Te aviso cuando salga*, respondió. No estaba obedeciendo; estaba negociando. Y el hecho de que Diego hubiera aprendido la diferencia en menos de veinticuatro horas la inquietó más de lo que debería. Encontró a Rivas solo en el pasillo que llevaba al archivo de gobernanza, con una carpeta bajo el brazo y el paso apresurado de quien preferiría no cruzarse con nadie esa mañana. Era un hombre delgado, de movimientos precisos, que llevaba quince años trabajando para la fundación sin levantar nunca la voz, sin llamar nunca la atención más de lo estrictamente necesario. —Necesito preguntarle algo, Rivas. Él se detuvo, pero no se giró del todo, como si quisiera dejar abierta la posibilidad de seguir caminando en cualquier momento. —Estoy ocupado, señorita Beltrán. —¿Quién le pidió los planos del sistema de seguridad este año? Rivas se quedó inmóvil un segundo de más, un segundo que en cualquier interrogatorio habría sido suficiente para condenarlo. —Eso es información confidencial de gobernanza. —Alguien usó esos planos hace tres noches para entrar a mi casa mientras dormía. Rivas palideció, apenas, lo suficiente para que Alba, acostumbrada a leer los detalles mínimos de un rostro, lo notara con absoluta claridad. —Yo no tuve nada que ver con eso. —No dije que lo tuviera. Pregunté quién pidió los planos. Él miró hacia ambos lados del pasillo, un gesto rápido y nervioso, antes de bajar la voz hasta convertirla en apenas un murmullo. —No puedo decírselo aquí. —Entonces dígamelo donde pueda. —No puedo decírselo en ninguna parte, señorita Beltrán. Y le sugiero, con todo el respeto que le tengo, que deje de preguntar. Por su propio bien. —¿Mi propio bien, o el de alguien más? Rivas no respondió de inmediato. Sus ojos, por un instante, se movieron hacia la puerta cerrada del despacho de gobernanza, como si temiera que alguien pudiera estar escuchando desde dentro. —Hay personas en esta fundación, señorita Beltrán, que llevan más tiempo del que usted imagina construyendo cosas que no les conviene que nadie mire de cerca. Yo tengo una familia. Tengo una hija que empieza la universidad el año próximo. No estoy en posición de convertirme en el hombre que lo arruinó todo por hacer lo correcto. Era la confesión más honesta que Alba había escuchado desde su llegada, envuelta en el miedo genuino de un hombre que sabía justo cuánto tenía que perder. Y, sin embargo, había sido una confesión: la primera grieta real en el muro de silencio que rodeaba a Serrano Advisory. —No voy a pedirle que arriesgue lo que tiene, Rivas. Pero si algún día decide que el silencio pesa más que el miedo, mi puerta va a seguir abierta. Había algo en su tono que no era desafío. Era miedo genuino, del tipo que Alba había aprendido a reconocer en Nueva York, en los peores meses de su reconstrucción, cuando la gente con algo real que perder dejaba de comportarse como si todavía tuviera opciones disponibles. —¿Alguien lo amenazó, Rivas? Él no respondió. Simplemente se dio la vuelta y caminó, más rápido de lo normal, en dirección al ascensor, dejando tras de sí el eco de sus pasos sobre el mármol pulido. Alba se quedó sola en el pasillo, con la certeza fría de que la persona detrás del intruso no era solo Blanca jugando con la desestabilización emocional de su hermana recién llegada. Era algo más organizado, algo con suficiente peso como para hacer que un hombre con quince años de antigüedad prefiriera callar antes que hablar con la heredera legítima de la fundación que, técnicamente, le pagaba el sueldo. Sacó el teléfono y le escribió a Pradas, con los dedos temblando apenas: *Rivas sabe algo y tiene miedo. Necesito protección legal para cualquiera que decida hablar.* La respuesta llegó en menos de un minuto: *Ya lo sospechaba. Nos vemos en una hora. Traiga a Diego.* Alba guardó el teléfono y se quedó un momento más en el pasillo vacío, observando la puerta por donde Rivas había desaparecido. Lo perturbador no era que Rivas callara, sino el miedo con que lo hacía. No había negado saber quién pidió los planos; había dicho que no podía contarlo. *Por su propio bien* sonaba menos a protocolo que a la advertencia de alguien que conocía el precio de hablar. Alba caminó hacia el ascensor con esa certeza incómoda: quien estuviera detrás de todo tenía poder suficiente para volver el silencio una forma de supervivencia. Antes de llegar al ascensor, se cruzó con Cornelia, que caminaba en dirección contraria con una carpeta bajo el brazo. —Tienes cara de haber encontrado algo —dijo Cornelia, deteniéndose apenas. —Encontré miedo. Eso, al menos, confirma que hay algo real que temer. Cornelia asintió despacio, sin sorprenderse. —El viernes lo sabremos mejor. Prepárate bien, Alba. Victoria no va a poner las cosas fáciles. —No esperaba que lo hiciera. —Hay algo más que deberías saber antes del viernes —añadió Cornelia, bajando la voz—. Hace tres días, Blanca pidió una copia de las actas de la última reunión de gobernanza. Ninguna razón oficial. El asistente que se la entregó me lo comentó como algo curioso, sin darle mayor importancia. —¿Qué actas? —Las que mencionan el contrato con Serrano Advisory. Alba sintió que el pulso se le aceleraba de nuevo, esta vez no por miedo sino por algo más parecido a la certeza. —Gracias, Cornelia. En serio. —No me lo agradezcas todavía. Y escucha bien esto: si Rivas niega esa reunión, yo no voy a negarla. Alba dejó de caminar. —¿Estás dispuesta a decirlo delante de Pradas? —Estoy dispuesta a decirlo delante de quien haga falta. Las puertas del ascensor se abrieron frente a Alba. El viernes ya no iba a depender de otra pista. Iba a tener una testigo.






