Diego tardó menos de lo que Alba esperaba en venir a buscarla.
El resto de la casa, esa noche, se sentía distinta: más silenciosa de lo habitual, como si incluso las paredes hubieran decidido contener la respiración a la espera de lo que venía. Alba había pasado la última hora en la sala de lectura, incapaz de concentrarse en nada más que en la conversación pendiente con Diego, repasando mentalmente cada palabra que planeaba decirle y descartándolas todas, una a una, por sonar demasiado suaves