CAPÍTULO 8

Eran las nueve y diez de la mañana cuando Alba llegó al despacho de Pradas y encontró la puerta ya cerrada por dentro, algo que él nunca hacía. Diego había llegado quince minutos antes que ella, algo que descubrió al entrar y encontrarlos ya inclinados sobre el escritorio, hablando en voz baja, con esa complicidad incómoda de dos hombres que habían decidido, sin consultarla, empezar a protegerla antes de que ella pudiera pedirlo.

—Podrían haberme esperado —dijo, cerrando la puerta tras de sí.

Diego se puso de pie.

—Tienes razón.

Alba entrecerró los ojos.

—¿Otra vez?

—Llegamos temprano porque Pradas encontró algo esta madrugada. Debí avisarte antes de entrar.

Pradas levantó las cejas, pero tuvo la prudencia de no comentar.

—No necesito que me pidas permiso para respirar —dijo Alba.

—No. Pero sí necesito dejar de tomar decisiones que te incluyen sin incluirte.

La frase hizo más ruido dentro de ella que la cerradura cuando Pradas cerró la puerta con llave.

—Bien —respondió—. Entonces empecemos de nuevo.

Diego apartó la silla junto al escritorio, pero no la tocó.

—Pradas encontró algo esta madrugada. ¿Quieres verlo?

Alba se sentó.

—Ahora sí.

Era una corrección pequeña. Otra.

Y empezaban a acumularse.

Pradas fue directo al informe extendido sobre el escritorio.

—Hablé con un contacto en la empresa de seguridad —dijo, sin preámbulo, extendiendo un informe sobre el escritorio—. El sistema de cámaras del ala de servicio recibió una actualización de software hace seis semanas. Alguien con acceso administrativo creó el ángulo muerto que el intruso usó para entrar. El fallo no era técnico: alguien había diseñado ese ángulo muerto.

—¿Quién tiene ese nivel de acceso? —preguntó Diego, inclinándose sobre el informe.

—Solo tres personas: el técnico externo, Rivas, y Victoria, como jefa de gobernanza institucional de la fundación.

Alba sintió que el suelo del despacho se volvía menos firme bajo sus pies, como si cada certeza que había traído desde Nueva York empezara a desmoronarse pieza por pieza.

—Mi madre no contrataría a alguien para asustarme.

—No dije que lo hiciera —respondió Pradas, con cuidado, midiendo cada palabra—. Dije que tiene el acceso técnico. Eso no es una acusación. Es un dato objetivo que hay que considerar.

—Hay una cuarta posibilidad —dijo Diego, con la voz baja de quien no quiere decir en voz alta lo que ya lleva horas pensando—. Alguien pudo usar las credenciales de Victoria sin que ella lo supiera, o sin que lo autorizara.

—Blanca —dijo Alba, y esta vez nadie en la habitación lo negó.

Pradas abrió una segunda carpeta, más delgada, con el sello de una investigación reciente.

—Hay algo más. El intruso que Alba vio esa noche coincide, en altura y complexión, con un hombre contratado hace dos meses por una empresa de "consultoría de seguridad privada" cuyo único cliente registrado en los últimos tres años es una sociedad llamada Serrano Advisory.

—La misma que asesora a la fundación en gobernanza —dijo Diego, con la mandíbula tensa.

—La misma.

Alba respiró hondo, apretando los puños sobre su regazo. La conversación había dejado de tratarse de una hermana celosa jugando con una pulsera. Se trataba de una operación con dinero de por medio, con planificación fría, con gente dispuesta a intimidar a alguien dentro de su propia casa para proteger algo que valía mucho más que el orgullo familiar de nadie.

—Necesito ver el contrato completo entre la fundación y Serrano Advisory —dijo, con una firmeza que sorprendió incluso a Diego—. Con fechas exactas, con cada firma, con cada centavo transferido.

—Eso requiere autorización formal del consejo.

—Entonces convoque al consejo esta misma semana.

Pradas la miró un largo segundo, con algo parecido al respeto que no había mostrado hasta ese momento, algo que iba más allá de la relación abogado-cliente que había mantenido con ella desde su llegada.

—Su abuela tenía razón sobre usted.

—¿Qué decía con precisión, si puedo preguntar?

Pradas dudó, como sopesando si era el momento adecuado para compartir algo tan personal.

—Decía que usted era la única de sus nietas capaz de mirar un problema sin necesitar primero saber a quién culpar. Que Blanca necesitaba un villano antes de actuar, y que usted solo necesitaba los hechos.

Diego, que había permanecido en silencio, observando el intercambio, intervino por fin.

—Voy a pedir una auditoría interna paralela en Vidal Capital sobre cualquier transacción relacionada con Serrano Advisory. Si hay dinero de la fundación pasando por canales que no deberían tocarse con dinero corporativo, quiero saberlo antes que el consejo.

—¿Cuánto tiempo llevaría esa auditoría? —preguntó Alba.

—Con discreción, entre cinco y siete días para tener un panorama inicial. Menos si encontramos algo evidente en las primeras transacciones.

—No tenemos siete días antes del viernes.

—No necesitamos resolverlo todo antes del viernes —dijo Pradas—. Necesitamos suficiente para justificar que el consejo exija respuestas de Serrano Advisory directamente. El resto puede construirse después, con el peso institucional del consejo detrás.

—¿Puedes hacer eso sin levantar sospechas? —preguntó Alba.

—Puedo hacerlo bajo la excusa de una revisión rutinaria de proveedores externos. Nadie va a cuestionar eso, al menos no de inmediato.

—Hay algo más que Cornelia me dijo esta mañana —intervino Alba—. Blanca pidió una copia de las actas donde se menciona el contrato con Serrano Advisory, hace apenas tres días. Sin razón oficial.

Pradas levantó la vista, con un interés renovado.

—Eso confirma que Blanca sabe que ese contrato es vulnerable, y que está intentando anticiparse a cualquier revisión. Es un comportamiento reactivo, no ofensivo. Alguien la puso nerviosa antes de que nosotros empezáramos siquiera a investigar formalmente.

—¿Quién pudo haberla puesto nerviosa? —preguntó Diego.

—Posiblemente la misma persona que contrató al intruso, si es que no son la misma persona con distintos disfraces —respondió Pradas—. O posiblemente Rivas, sin saberlo, al mencionar algo fuera de lugar.

Alba se levantó, sintiendo que el plan por fin empezaba a tomar forma concreta en lugar de sospechas sueltas.

—Entonces trabajemos con lo que tenemos y construyamos el resto en los próximos tres días. No podemos permitirnos llegar al viernes con menos de lo que Victoria ya sabe.

Diego se acercó a la puerta antes de salir, y se detuvo un momento junto a Alba.

—¿Estás lista para lo que viene el viernes? —preguntó, con una voz más suave que la que había usado en toda la reunión.

—No del todo. Pero prefiero no estar lista y avanzar, a esperar sentirme segura y quedarme quieta mientras Blanca sigue moviendo piezas.

—Esa es la diferencia entre tú y Blanca —dijo Diego, con algo parecido al orgullo asomando en su voz—. Ella espera el momento perfecto. Tú simplemente actúas y corriges sobre la marcha.

—¿Y tú, Diego? ¿Qué diferencia hay entre el hombre que calló hace ocho meses y el que está parado frente a mí ahora?

Él se tomó un segundo antes de responder, como si la pregunta mereciera más honestidad de la que solía permitirse.

—Que ahora sé sin margen de error lo que pierdo si vuelvo a callar. Y esta vez no estoy dispuesto a pagar ese precio otra vez.

—Entonces tenemos un plan —dijo Pradas—. Contrato completo antes del viernes, auditoría paralela y Rivas como testigo potencial.

Salieron juntos del despacho. En el ascensor, Diego miró la carpeta que Alba llevaba contra el pecho.

—¿Qué hacemos con Blanca mientras tanto?

Alba no respondió hasta que las puertas empezaron a cerrarse.

—Nada.

Diego la miró.

—Quiero que llegue al viernes creyendo que todavía no sabemos dónde mirar.

Las puertas se cerraron.

Esta vez Alba no iba detrás de la siguiente jugada de su hermana.

La estaba esperando.

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