El auto se detuvo frente a un portón alto de hierro forjado, donde dos lámparas antiguas colgaban a cada lado, encendidas pese a que aún quedaban rastros de sol entre las nubes. El cielo estaba teñido con matices dorados y azul pálido, y una ligera brisa mecía los árboles altos que rodeaban el perímetro. Maritza, sentada junto a Alan, sostenía las llaves entre sus manos con fuerza. No había dicho mucho en el trayecto. Su silencio no era vacío, sino denso, cargado de emoción contenida.
—¿Estás l