La tarde caía como un suspiro. El sol, tímido y dorado, filtraba sus últimos rayos entre los árboles altos que custodiaban la casa donde estaba Maritza como viejos centinelas. El aire era frío, impregnado de tierra húmeda y madera envejecida, y el crujido de las hojas secas al pisarlas se mezclaba con el rumor de un viento que prometía lluvia.
Maritza estaba en la cocina, secando un tazón con movimientos mecánicos. Llevaba una trenza despeinada y un suéter amplio que le colgaba del hombro. La r