Horas más tarde, Maritza despertó con la luz filtrándose por las cortinas. Dolor de cabeza. Boca seca. Y un dolor en el pecho que no tenía nombre.
Se sentó lentamente. Se frotó la cara. Recordó las palabras, las lágrimas, las manos de Nelly sosteniéndola, los ojos de Lucía llenos de compasión.
Y por un instante, pensó que había cometido un error.
Hasta que vio, sobre la mesita de noche, un papel doblado.
Lo abrió con dedos temblorosos.
“Una semana. Empieza cuando despiertes. Aceptaré todo lo qu