La isla privada de Kyros, enclavada en las aguas profundas del Mar Egeo, no era un simple refugio vacacional; era una fortaleza moderna disfrazada de paraíso mediterráneo. Silas Cavendish la había comprado en los años ochenta, tras sobrevivir a su primer intento de secuestro, y desde entonces había invertido millones en convertirla en el lugar más seguro de Europa.
Tenía muros de piedra mampuesta que ocultaban sensores sísmicos, radares aéreos disfrazados de torres de telecomunicaciones y una g