El viaje en el Antonov de carga fue una tortura sorda, un salto a ciegas a través de los husos horarios en un vientre de metal que olía a aceite de motor y a miedo rancio. Pero cuando finalmente las ruedas del avión tocaron tierra, no lo hicieron sobre el asfalto liso de Heathrow, sino sobre una pista de grava semiabandonada en las Tierras Altas de Escocia.
La niebla lo cubría todo. Era una bruma espesa, blanca y húmeda que se tragaba el sonido de los motores y envolvía el paisaje en un sudario