El zumbido metálico de las persianas de acero descendiendo fue el preludio del caos. Para el mundo exterior, la moderna casa de playa en Byron Bay simplemente se había cerrado para pasar la noche. Para Joe Kensington, parado al pie de la escalera con la Sig Sauer P226 aferrada en su mano derecha, era el sonido de una tumba sellándose.
Arriba, los pasos de Maxxine resonaron rápidos sobre la madera. Había sentido el cambio en la presión del aire, la repentina oscuridad que devoró el salón cuando