The Ledbury no era simplemente un restaurante; era un santuario del hedonismo en Notting Hill, donde el silencio era reverencial y el tintineo de la plata contra la porcelana sonaba como música de cámara. Esa noche, el comedor estaba bañado en una luz dorada y tenue, diseñado para ocultar imperfecciones y fomentar secretos.
Arthur Windsor-Windham ya estaba sentado en la mejor mesa, la que tenía vistas al pequeño jardín privado pero suficiente visibilidad para que el resto de los comensales nota