La oficina de Maxxine Cavendish olía a rosas blancas. Cientos de ellas.
Habían llegado a primera hora de la mañana, llenando cada superficie disponible: el escritorio, las mesas auxiliares, incluso el alféizar de la ventana panorámica. Eran hermosas, caras y excesivas. Justo como el hombre que las había enviado.
Maxxine estaba de pie junto a la ventana, observando el horizonte gris de Londres, ignorando el jardín botánico en el que se había convertido su despacho.
—Son disculpas, Max —dijo Arth