La noche llegó a la mansión con esa quietud administrada que tenían las casas donde incluso el silencio parecía obedecer una regla.
Los empleados ya habían cerrado sus zonas. Las luces del ala norte estaban apagadas y, en los corredores principales, solo quedaban encendidas las lámparas bajas que convertían el mármol en una superficie más fría. Desde lejos se escuchaba el agua de las fuentes, constante, impecable, ajena a todo lo que ocurría dentro de la casa. Clara había aprendido que la mansi