Clara descubrió que una condena también podía tener encaje.Las asistentes entraron sin hacer preguntas. Quizá ya sabían. Quizá en las bodas de familias poderosas todos aprendían a mirar hacia otro lado. Le quitaron el vestido azul claro que había elegido para ser una invitada más, le soltaron el cabello y le cubrieron las ojeras con maquillaje pensado para otra piel, otra sonrisa, otra mujer.Regina dirigía todo desde el centro de la habitación. No parecía una madre preparando a su hija para una boda, sino una estratega cerrando una crisis antes de que se volviera pública.Tomás permanecía sentado. Cada tanto levantaba la vista hacia Clara y volvía a bajarla. Su culpa ocupaba la suite entera, pero no servía para protegerla.Clara quiso odiarlo en ese instante. Quiso odiar su silencio, sus manos quietas, su incapacidad de levantarse y decir que no. Pero incluso eso le dolía, porque seguía siendo su padre. El hombre que alguna vez le había enseñado a andar en bicicleta, el que le compr
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