El café salió mal, demasiado cargado y sin la proporción correcta de agua, pero Leonardo lo sirvió de todos modos en las dos tazas desparejadas que Clara tenía en la alacena, con el pelo despeinado y una camiseta prestada que le quedaba ajustada en los hombros, tan distinto del hombre impecable de la mansión que Clara se quedó un momento simplemente observándolo desde el marco de la puerta.
—La luz volvió a las cinco de la mañana —dijo él, notando su presencia—. No quise despertarte para avisar