Isabela volvió tres días después, sin avisar, y esta vez Clara no la dejó esperando en la puerta. La invitó a sentarse en la cocina y puso agua a calentar sin preguntarle si quería café, como si el gesto automático de servir dos tazas fuera más fácil que decidir, en ese momento, qué clase de bienvenida merecía su hermana.
—No vine a explicarme más —dijo Isabela, mirando las manos de Clara moverse entre la cafetera y las tazas—. Ya dije lo que tenía que decir la otra vez. Vine porque no soporto