Isabela dejó el bolso sobre la mesa de la cocina sin esperar invitación, se sentó y empezó a girar un anillo delgado en su dedo índice, una y otra vez, con la ansiedad de quien ensayó una conversación tantas veces que ya no sabe por dónde empezarla.
—No vine a atacarte —dijo, antes de que Clara pudiera preguntar nada—. Ya lo hice suficiente la última vez. Vine a decirte algo que no te dije en la plaza, algo que llevo semanas sin poder callar.
Clara se sentó frente a ella, sin ofrecerle nada de