ISABELLA
El techo blanco del hospital pasaba a toda velocidad sobre mi cabeza, convirtiéndose en un borrón.
Las luces me lastimaban los ojos, pero eso no era absolutamente nada comparado con el dolor físico que me estaba partiendo en dos. El vientre se me ponía duro como una piedra cada dos minutos; era un calambre salvaje, caliente y punzante que nacía en mi espalda baja y me desgarraba hasta la garganta. Sentía la sangre espesa y caliente mojándome las piernas, empapando la camilla. Estaba ate