El suelo del patio de armas de la abadía de Montecassino no solo temblaba; crujía con el lamento agónico del mármol milenario fracturándose bajo nuestros pies. Las grietas se extendían como relámpagos de piedra, abriéndose paso desde el umbral del altar mayor hasta los muros perimetrales que daban al abismo de los Apeninos. De la profundidad de esas fosas recién nacidas no ascendía el olor a tierra húmeda o a cripta olvidada, sino un aire ionizado, denso y cargado de un calor estático que hacía