La voz salió del altavoz con una nitidez escalofriante.
Era dulce. Era elegante. Era el tono de una mujer que acababa de asesinar a alguien y se estaba retocando el labial.
Era la voz de Charlotte.
Malachi se quedó petrificado frente al monitor. Sus nudillos estaban tan blancos que parecían a punto de atravesar la piel.
—¿Charlotte? —su nombre fue un susurro roto, una mezcla de horror y una chispa de esperanza que se negaba a morir.
La pantalla parpadeó. La figura en la cripta se acercó a