El impacto de la explosión lateral nos despidió por el suelo metálico de la cabina de carga como si fuéramos muñecas de trapo. Los motores uno y dos del Antonov se habían convertido en antorchas de fuego y titanio en medio de la tormenta, desprendiéndose del ala izquierda con un rugido que desgarró el fuselaje.
El avión se ladeó violentamente, entrando en una barrena descontrolada hacia las cumbres escarpadas de los Apeninos. Las alarmas de proximidad al suelo aullaban en una frecuencia ensorde