Dentro de la cabina de superlujo, el diseño minimalista de cuero blanco y madera de nogal se sentía como una prisión de alta tecnología.
La farsa del contrato de alquiler en Manhattan y los millones de Wall Street se habían evaporado, dejando al descubierto los engranajes oxidados de una maquinaria mucho más antigua, oscura y violenta.
Miré mis manos, apoyadas sobre la mesa de caoba. Estaban temblando. El platino de mi anillo de bodas reflejaba la luz parpadeante de las pantallas de control que