El rugido de las palas del helicóptero de evacuación médica cortaba el aire de la mañana con una cadencia metálica y monótona. Dejamos atrás las cumbres escarpadas de los Apeninos y las columnas de humo negro que aún se elevaban de las ruinas de la abadía de Montecassino, devoradas por el fuego y el colapso de sus propias estructuras cuánticas.
El sol del amanecer, un disco pálido y frío, se filtraba por las ventanillas de la cabina, tiñendo de un gris plateado el rostro de Malachi. Estaba sent