El rugido de los motores Rolls-Royce del jet privado de la Corona británica vibraba en las paredes de la cabina de lujo, un sonido sordo que parecía coordinarse con el ritmo frenético de mi propio corazón.
A diez mil metros de altura, cruzando el cielo nocturno entre Italia y el Reino Unido, la villa de Amalfi parecía un sueño lejano y borroso. Una fantasía de libertad que Malachi me había permitido vivir antes de arrastrarme a su verdadera red de engaños.
Miré la copa de champaña intacta sobre