El viento de la costa de Amalfi pareció detenerse por completo, transformando el aire cálido de la noche italiana en una atmósfera gélida y opresiva. El sobre lacrado con el escudo de armas de la familia real británica pesaba entre mis dedos como si estuviera hecho de plomo fundido.
Miré a Malachi, esperando ver en su rostro la misma confusión y el mismo horror que me estaban apretando el pecho. Pero no había nada.
Sus facciones esculpidas permanecieron impasibles, duras como el mármol de la te