El viraje del Antonov nos arrojó con violencia contra los mamparos de acero de la cabina. Las turbinas rugían al límite de su capacidad operativa mientras el titán de carga descendía hacia el espacio aéreo italiano, pero toda la potencia militar rusa se sentía inútil frente a las imágenes de la pantalla.
Los mercenarios de Volkov, soldados de élite curtidos en conflictos internacionales, yacían esparcidos sobre el pavimento antiguo de la abadía de Montecassino. Sus chalecos antibalas y armas de