El eco del arma de Malachi cayendo al suelo de titanio resonó en mi cabeza como un martillazo sordo.
El frío sobrenatural de la bóveda subterránea se filtró por mis huesos, pero no fue la temperatura bajo cero lo que me paralizó la sangre.
Fueron los gruesos cables de grado médico. Los tubos de respiración estriados. El líquido azulado, espeso y luminiscente que burbujeaba rítmicamente dentro de ese enorme cilindro de cristal blindado.
Y en el centro exacto de esa pesadilla tecnológica, flotaba