Malachi retrocedió un paso, alejándose de la pantalla. Sus ojos grises, siempre tan calculadores y fríos, estaban desorbitados por un terror primario que nunca le había visto.
—No es posible —murmuró, su voz rasposa, casi ahogada—. Yo vi su cuerpo. Yo lo vi, Sloane. Estaba frío.
Me acerqué a él, ignorando el dolor agudo en mi hombro, y agarré su rostro con ambas manos. Su piel estaba helada. Temblaba.
El monstruo invencible de Nueva York, el hombre que acababa de arrodillar a su propia madre, s