Las palabras de mi madre cayeron como ácido hirviendo sobre mi cerebro, disolviendo cualquier rastro de cordura.
El silencio en la bóveda subterránea se volvió absoluto. Ensordecedor.
El frío de la cápsula médica desapareció de golpe, reemplazado por un fuego helado que me quemó las entrañas y me cortó la respiración.
Me aparté lentamente del abrazo tembloroso de mi madre, mis manos manchadas con el líquido amniótico artificial.
Mis ojos, ciegos por el pánico, buscaron a Malachi. Estaba de pie