JACKELINE SMITH
El aroma del café siempre me calmaba los nervios. O al menos, casi siempre. Ese día entré al local con la intención de beberme mi latte tranquila, sin toparme con idiotas en el camino, como el del día anterior. Sí, todavía lo tenía metido en la cabeza, aunque me doliera reconocerlo. Pero me juré que, si me lo volvía a cruzar, lo mandaría al demonio otra vez, sin titubeos.
—Un latte grande, por favor —pedí, mientras sacaba dinero del bolsillo.
La cajera sonrió y marcó en la máqui