Todavía podía sentir el sabor del papel en la boca.
Un maldito billete.
Jamás, en toda mi vida, una mujer había tenido las agallas de hacerme eso. Yo estaba acostumbrado a miradas rendidas, sonrisas coquetas, a que bastara un gesto de mis labios para que se deshicieran frente a mí. Pero esa mujer… esa mujer me había escupido fuego en los ojos y me había obligado a comer tierra.
Me descubrí sonriendo mientras caminaba entre la multitud. El cabello suelto, los labios tensos de rabia, la forma en