DALIA
El viento de la moto me arrancaba las lágrimas del rostro, pero el dolor seguía ahí, punzando, quemando. Cuando Enzo se detuvo frente a mi antigua casa, apenas pude bajar sin que me fallaran las piernas.
—Hey, princesa… tranquila —me dijo, tomándome del brazo con suavidad—. ¿Me puedes decir qué pasó?
Saqué el celular de mi bolso y se lo mostré con la mano temblorosa. La noticia seguía allí, como una daga en mi pecho: Adriano saliendo de un hotel con una mujer embarazada, acariciando su vientre, sonriendo.
Enzo lo leyó rápido y luego me miró con esos ojos verdes que parecían atravesarlo todo.
—No creo que sea cierto. Adriano no es de ese tipo.
Un nudo me apretó la garganta.
—Yo misma lo vi… —mi voz se quebró, casi un sollozo—. En su oficina. Él estaba con esa mujer.
—¿Lo dejaste que te explicara? —preguntó Enzo, arqueando una ceja.
Sacudí la cabeza, con lágrimas cayendo por mis mejillas.
—No había nada que explicar… vi como la miraba
Fue entonces cuando escuché las un auto frenan