DALIA
El sol entraba a través de las cortinas, bañando la habitación con un resplandor suave. Adriano se movió a mi lado, todavía desnudo, y al incorporarse sentí un vacío tibio en la cama. Lo observé mientras se levantaba, caminando hacia el armario. Su cuerpo era una escultura viva, fuerte, perfecto. Lo recorrí de pies a cabeza con la mirada, embobada, sin poder disimular el estremecimiento que me provocaba.
Él me sorprendió mirándolo y sonrió con esa seguridad que siempre lo acompañaba.
—¿Qu