ADRIANO
El amanecer se filtraba a través de las cortinas, tiñendo la habitación con un resplandor suave. Abrí los ojos lentamente, acostumbrándome a la claridad, y lo primero que vi fue a Dalia enredada entre mis brazos.
Desnuda, con su cuerpo tibio pegado al mío, su respiración tranquila acariciando mi pecho, y esos rizos cayendo como una cascada sobre su espalda. Mi flor estaba ahí, en mi cama, completamente mía una vez más.
Me quedé inmóvil unos segundos, observándola con el corazón encogido. No recordaba haber sentido tanta paz en años. Era como si el mundo entero se hubiera detenido para regalarme ese momento: la mujer que amo, dormida en mi abrazo, confiando en mí incluso en sueños.
Una sonrisa se dibujó en mis labios. No podía evitarlo. La suavidad de su piel me llamaba, y cedí sin resistencia. Incliné la cabeza y rocé con mis labios la curva de su hombro, dejando un beso lento, apenas un roce. Ella suspiró en sueños, moviéndose como un gatito perezoso.
Me deslicé un poco más,