ADRIANO
El amanecer se filtraba a través de las cortinas, tiñendo la habitación con un resplandor suave. Abrí los ojos lentamente, acostumbrándome a la claridad, y lo primero que vi fue a Dalia enredada entre mis brazos.
Desnuda, con su cuerpo tibio pegado al mío, su respiración tranquila acariciando mi pecho, y esos rizos cayendo como una cascada sobre su espalda. Mi flor estaba ahí, en mi cama, completamente mía una vez más.
Me quedé inmóvil unos segundos, observándola con el corazón encogido