ADRIANO
Salí de la casa de Dalia con el corazón hecho trizas. Sus palabras seguían clavándose en mi pecho como cuchillas: “Sí, eso es. Un bastardo siempre será un bastardo.”
Manejé sin rumbo. No quería volver a la mansión, no quería la compasión de mi madre, no quería nada. Solo necesitaba apagar el ruido en mi cabeza.
Terminé en el bar de siempre, uno de esos donde las luces son bajas y el alcohol corre más rápido que las palabras.
Pedí whisky. Uno tras otro. El calor de la bebida me quemaba la