ADRIANO
Salí de la casa de Dalia con el corazón hecho trizas. Sus palabras seguían clavándose en mi pecho como cuchillas: “Sí, eso es. Un bastardo siempre será un bastardo.”
Manejé sin rumbo. No quería volver a la mansión, no quería la compasión de mi madre, no quería nada. Solo necesitaba apagar el ruido en mi cabeza.
Terminé en el bar de siempre, uno de esos donde las luces son bajas y el alcohol corre más rápido que las palabras.
Pedí whisky. Uno tras otro. El calor de la bebida me quemaba la garganta, pero no era suficiente para borrar lo que sentía. La veía una y otra vez, mirándome con lágrimas en los ojos, dudando de mí. Dudando de lo único que jamás había puesto en juego: mi amor por ella.
El vaso se estrelló contra la mesa cuando lo dejé caer con torpeza. Un murmullo detrás de mí. Una sombra acercándose.
—Hermano… basta —la voz de Gael retumbó a mi lado.
Levanté la mirada. Sus ojos me atravesaban con ese juicio silencioso que solo alguien que te quiere puede darte.
—Déjame —gr