ADRIANO
Las horas pasaron y fueron la una. La luz del mediodía se derramó sobre la alfombra cuando la puerta se abrió. Y entró ella.
Dalia.
Mini falda que revelaba el brillo de sus piernas, camisa holgada que apenas contenía la curva de sus hombros, el cabello suelto, esos rizos indomables, y una bolsita colgando de su mano. Pero lo más letal era su sonrisa. La sonrisa que me tumba. La que dice “soy tuya” sin pedir permiso.
—Mi flor —se me escapó, más respiración que palabra.
Me levanté de inmed