ADRIANO
Las horas pasaron y fueron la una. La luz del mediodía se derramó sobre la alfombra cuando la puerta se abrió. Y entró ella.
Dalia.
Mini falda que revelaba el brillo de sus piernas, camisa holgada que apenas contenía la curva de sus hombros, el cabello suelto, esos rizos indomables, y una bolsita colgando de su mano. Pero lo más letal era su sonrisa. La sonrisa que me tumba. La que dice “soy tuya” sin pedir permiso.
—Mi flor —se me escapó, más respiración que palabra.
Me levanté de inmediato y crucé la oficina en dos pasos. La tomé por la cintura y la besé. Fue un beso de bienvenida y de posesión, de “aquí estás” y “no te me vas”. La sentí sonreír bajo mi boca.
—Te traje almuerzo —dijo, y dejó todo en mi escritorio con la eficiencia de una reina—. Para que almorcemos juntos. —Se movió hacia la mesita frente al sofá y comenzó a preparar todo: platos, servilletas, una botella pequeña con algo que olía a gloria, tal vez salsa de su abuela.
La puerta se volvió a abrir sin aviso. Ga