Eres mía Dalia, solo mía.
ADRIANO
Gael me había avisado por teléfono: “El wedding planner ya está en casa, ve tranquilo”. Su tono relajado me hizo pensar que se trataba de un hombre mayor, de esos organizadores experimentados, rondando los cincuenta, con lentes y barriga, más preocupado de las flores que de cualquier otra cosa.
Así que entré confiado.
Pero cuando crucé el umbral de la sala, casi me caigo de espaldas.
Ahí estaba. Un hombre alto, de porte elegante, perfectamente peinado, trajeado, con una sonrisa impecable y un aire demasiado confiado para mi gusto. No tenía nada de viejo ni de inofensivo: era joven, atractivo y estaba demasiado cerca de mi mujer.
Demasiado cerca de Dalia.
Mis puños se cerraron al instante, y sentí cómo los celos me hervían en la sangre. Maldije a Gael en silencio por traer a ese tipo al lado de mi flor. ¿No había otro en todo el maldito país? ¿Tenía que ser alguien que parecía sacado de una portada de revista?
Dalia estaba sentada junto a él, sonriendo, rodeada de catálogos de