LA LLEGADA DE ARMANDO
DALIA
El espejo de cuerpo entero me devolvía una imagen que me costaba reconocer: yo, vestida de blanco, con encajes que parecían flotar sobre mi piel. Sara daba vueltas a mi alrededor como una mariposa inquieta, aplaudiendo de felicidad, mientras Susan contenía las lágrimas con un pañuelo.
—¡Este es hermoso! —exclamó Sara, ajustando un poco la tela en mi cintura—. Te hace ver como una princesa.
—No, no, no —intervino Susan, con una sonrisa cálida—. Más que princesa… como u