La llegada de Armando

DALIA

El espejo de cuerpo entero me devolvía una imagen que me costaba reconocer: yo, vestida de blanco, con encajes que parecían flotar sobre mi piel. Sara daba vueltas a mi alrededor como una mariposa inquieta, aplaudiendo de felicidad, mientras Susan contenía las lágrimas con un pañuelo.

—¡Este es hermoso! —exclamó Sara, ajustando un poco la tela en mi cintura—. Te hace ver como una princesa.

—No, no, no —intervino Susan, con una sonrisa cálida—. Más que princesa… como una reina apostemos que Adriano va a llorar cuando la vea.

—¿Llorar? se va a poner de rodillas cuando vea a mi niña jajaja

Yo me miraba en silencio, con el corazón desbocado. Nunca me imaginé en una tienda de novias, mucho menos probándome vestidos con tanta ilusión, nuestra boda fue tan diferente, tan fria. Pero ahí estaba, rodeada de dos mujeres que me querían, riendo, comentando cada detalle, emocionadas como si fueran a casarse ellas.

Probamos uno tras otro. Con encaje, con pedrería, corte sirena, corte princesa
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