DALIA
El aire aún estaba impregnado de su fuerza, de esa pasión arrolladora con la que Adriano me había reclamado como suya. Su respiración seguía áspera contra mi cuello, su cuerpo pesado recostado sobre el mío, como si todavía necesitara mantenerme presa bajo su piel.
Lo abracé, sin miedo, rodeando su torso con mis brazos, y comencé a llenar de besos suaves su pecho. Cada beso era una caricia, una plegaria silenciosa, un recordatorio de que lo amaba más allá de cualquier cosa. Mis labios reco