CALMANDO A MI FIERA CELOSA

DALIA

El aire aún estaba impregnado de su fuerza, de esa pasión arrolladora con la que Adriano me había reclamado como suya. Su respiración seguía áspera contra mi cuello, su cuerpo pesado recostado sobre el mío, como si todavía necesitara mantenerme presa bajo su piel.

Lo abracé, sin miedo, rodeando su torso con mis brazos, y comencé a llenar de besos suaves su pecho. Cada beso era una caricia, una plegaria silenciosa, un recordatorio de que lo amaba más allá de cualquier cosa. Mis labios recorrieron su piel húmeda, una y otra vez, con paciencia infinita, hasta que su respiración empezó a calmarse.

—Adriano… —susurré, dejando otro beso sobre su clavícula—. Te amo.

Él me miró desde arriba, todavía con esa intensidad feroz en sus ojos azules, como una fiera celosa que no termina de soltarse.

—Eres el único para mí —continué, besándolo otra vez, ahora más abajo, sobre la línea firme de sus pectorales—. No tengo ojos para nadie más. Puede venir el hombre más guapo del mundo… y a mí me da
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