DANTE
Llevo dos días en casa de mi madre, escondido en esta habitación que huele a madera vieja y a los guisos que ella sigue cocinando como si yo tuviera quince años. No quería estar solo en mi casa, no después de lo de la Mansión Moretti, no después de ver a Serena y sentir cómo todo se me vino abajo otra vez.
Lo peor de todo es que ni siquiera entiendo por qué, es lo que más me molesta.
Pero aquí estoy, tirado en la cama de mi adolescencia, las cortinas cerradas, el mundo afuera reducido al zumbido de los autos en la calle que a veces se escuchan.
No he salido de esta habitación desde que llegué, y una parte de mí se siente ridícula: un hombre de treinta y tantos actuando como un crío con el corazón roto por su primer amor. La otra parte, la que me mira desde el espejo con desprecio, me dice que soy un idiota por haberme ilusionado con una mujer casada. Una mujer que, al parecer, solo buscaba un trozo del poste para entretenerse.
Yo no era más que el postre.
No puedo creerlo. La ún