DANTE
El avión aterriza en Milán, el zumbido de los motores desvaneciéndose mientras las ruedas golpean la pista, el cielo gris de la ciudad un contraste opaco tras los colores vibrantes de Portugal.
Serena está a mi lado, su mano entrelazada con la mía, su piel cálida contra la mía, una sonrisa suave curvando sus labios.
Lleva meses soltera, es decir, ya no está casada, porque soltera no está, pero sí libre de las cadenas de Damiano, y yo, con la memoria completa, siento cada día como un regalo.
El juicio de ese bastardo fue un martillo: grabaciones de una cámara callejera lo mostraron atropellándome, su coche acelerando mientras yo yacía en el asfalto. Intentó mentir, diciendo que estaba fuera del país, pero los registros de vuelo probaron que huyó después.
Ahora cumple 12 años en prisión, y su nombre es ceniza. Pero hoy no pienso en él. Hoy es sobre Serena, sobre nosotros, sobre la familia que espera conocerla.
Bajamos del avión, el aire fresco de Milán oliendo a asfalto y lluvia r