Cinco años desde que dejé Milán en cenizas, desde que Damiano se pudrió tras las rejas, desde que me convertí en la mujer que siempre quise ser: libre, amada, mía.
Ahora el olor a antiséptico se mezcla con el sudor en mi piel, y estoy a punto de partirme en dos.
Mis gemelos, dos pequeños terremotos que no paran de patear, están listos para salir, y yo, entre contracciones, gruño como una leona, mi mano apretando la de Dante hasta que sus nudillos palidecen. Él está a mi lado, magullado por la vida pero más guapo que nunca, su camisa arrugada, su cabello revuelto, intentando no reír mientras le lanzo insultos que harían sonrojar a un marinero.
—¡Maldito seas, Dante, esto es tu culpa! —siseo, otra contracción apretándome, mi cuerpo arqueándose en la camilla—. ¡Dos! ¡Dos bebés! ¿No podías darme solo uno?
Él ríe, un sonido profundo que me calienta incluso en medio del dolor, y se inclina, su aliento rozando mi frente sudorosa.
—Reina, tú querías todo de mí —bromea, esquivando mi intento d