DANTE
El turno termina tarde, como siempre, el restaurante vacío.
Mis empleados se marchan uno a uno, sus risas y despedidas perdiéndose en la noche mientras yo me quedo en la barra. Tomo una copa del estante, una botella de tinto que abro con un giro rápido, y me sirvo hasta la mitad. El líquido brilla bajo la luz tenue, y me siento en un taburete, mis hombros pesados, mi cabeza todavía dando vueltas con el vacío que no me suelta desde hace semanas. Doy un sorbo, el vino calentándome la garganta, y miro el comedor oscuro, las mesas mudas, el silencio que me envuelve.
Entonces la veo. Giulia. Está al fondo, cerca de la cocina, recogiendo su chaqueta del perchero. Lleva dos meses trabajando aquí, no más, y hasta ahora ha sido solo otra cara en el equipo: rápida con las salsas, callada en los turnos pesados. Me sorprende que siga aquí. Pensé que todos se habían ido. Ella levanta la vista, sus ojos encontrando los míos en la penumbra, y camina hacia la barra, sus pasos lentos, seguros.
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