DANTE
Está dormida en mi pecho, su cabeza apoyada en mi hombro, su respiración lenta, cálida, rozando mi piel a través de la camisa. Sus manos descansan en mi regazo, sus uñas rojas brillando bajo la lámpara, y mi brazo la envuelve, firme, como si pudiera protegerla de todo: su padre, Damiano, las malditas cadenas que la atan. No quiero moverme, no quiero despertarla. Su rostro, relajado por primera vez en horas, es un contraste con las lágrimas que lloró antes, contándome lo del matrimonio, la