DANTE
Está dormida en mi pecho, su cabeza apoyada en mi hombro, su respiración lenta, cálida, rozando mi piel a través de la camisa. Sus manos descansan en mi regazo, sus uñas rojas brillando bajo la lámpara, y mi brazo la envuelve, firme, como si pudiera protegerla de todo: su padre, Damiano, las malditas cadenas que la atan. No quiero moverme, no quiero despertarla. Su rostro, relajado por primera vez en horas, es un contraste con las lágrimas que lloró antes, contándome lo del matrimonio, las amenazas, el proyecto en Dubái. Mi pecho se aprieta, no de duda, sino de furia, de una certeza que me quema: la ayudaré a salir de ese matrimonio, cueste lo que cueste.
El silencio es pesado, solo roto por su respiración y el tictac lejano de un reloj. Mi mente da vueltas, repasando sus palabras: “—No me dejan divorciarme... Mi padre me desheredará.” Quiero arrancarla de esa vida, de las garras de su familia, de ese maldito esposo que la cree su propiedad.
Pero ahora, con ella dormida, tan frá