SERENA
El zumbido de la ambulancia me envuelve, un rugido sordo que se mezcla con el latido desbocado en mi pecho.
Estoy acostada en la camilla, la cabeza vendada, un dolor punzante latiendo en mi frente donde la sangre aún gotea, manchando la sábana blanca. Mis manos se aferran a Dante, mis dedos clavándose en su brazo, su calor el único ancla en este torbellino. Mi mente da vueltas, atrapada en el ataque de Damiano: su risa de demonio, sus manos apretándome, la sangre corriendo por mi cara. Y luego Dante, su voz rota gritando mi nombre.
Los paramédicos trabajan a mi alrededor, sus voces un murmullo lejano mientras revisan mi pulso, estabilizan el corte en mi cabeza. Uno me inyecta algo, un pinchazo frío que apenas siento, pero no puedo quitar los ojos de Dante. Está sentado a mi lado, magullado, la sangre seca en su labio, un moretón oscureciendo su mandíbula. Sus ojos verdes arden, no con dolor, sino con una venganza que me estremece. Me toma la mano, sus dedos ásperos apretando lo