Ares Ravich recibió el mensaje con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. "En una hora", leyó en el lacónico mensaje de Gaspar. La impaciencia, una emoción rara en él, lo había estado carcomiendo desde que Artemisa había aceptado casarse. No era amor, ni siquiera deseo en el sentido tradicional, lo que sentía. Era posesión, la necesidad de dominar y controlar, exacerbada por la belleza desafiante de Artemisa y su espíritu indomable.
Se levantó de su escritorio de caoba, donde los documentos de