El silencio de mi habitación era tan denso que parecía tener peso. Después de la confesión rota, después de que esas palabras —"No me importas como mujer. Me importas como arma"— se hubieran incrustado en mi alma como esquirlas de vidrio, la quietud no era paz.
Me acosté, pero el sueño no llegaba. Mi mente era un torbellino de planes fríos y un dolor sordo que se negaba a ser completamente extinguido por la rabia. Cuando finalmente el agotamiento venció a la angustia, no caí en un sueño repar