Los nervios seguían a flor de piel. Aunque sentada, Bianca intentaba disimular el temblor de sus piernas, una agitación interna que no cesaba. Desde su imponente escritorio, Eric la observaba fijamente.
—¿Quieres algo de beber? ¿Ya almorzaste? —le preguntó él.
Ella levantó la vista, apenas un atisbo de curiosidad en su mirada.
—¿Qué te hace pensar que no he comido? No tengo hambre ni se me apetece nada. Vine a hacer mi trabajo —soltó de manera cortante.
Él se recostó en su silla, una sonrisa la