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Los días en el hospital habían sido los más largos en la vida de Bianca. Sentía que el tiempo se había detenido, cada minuto una eternidad lejos de sus hijos. Pero ahora, finalmente, el momento de la partida había llegado. Eric empujaba la silla de ruedas en la que ella estaba sentada, un gesto de amor y protección. El aire fresco del exterior le dio la bienvenida.

La luz del sol se sintió como un bálsamo en su piel. El aroma a libertad, a vida, le llenó los pulmonos.

Sin embargo, el rostro de Eric cambió drásticamente cuando vio a dos mujeres en su camino. Allí, a la par de su jefa Elara, se encontraba Clara. Eric saludó a Elara, quien, por cierto, ya estaba al tanto de su relación con Bianca. La mujer todavía se quedaba sorprendida, más aún al saber que tenían hijos en común. Por otro lado, Clara tenía los ojos llenos de lágrimas. Sostenía un ramo de flores, que extendió a Bianca.

—Me alegra tanto verte recuperada —dijo Clara, con la voz ahogada por la emoción—. Estoy tan contenta
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