Bianca se encontraba frente a Santiago, quien sostenía la taza de chocolate que ella le había ofrecido. Él le dio un sorbo y luego la dejó en el centro de la mesa, mientras la miraba con esos ojos verdes que siempre le habían parecido tan genuinos y cálidos. Bianca, aún procesando la sorpresa de su visita, le dijo:
—No tenía idea de que estabas aquí en el país.
Santiago le dedicó una sonrisa amplia, de esas que iluminaban su rostro.
—Estoy aquí porque voy a llevar a cabo una exposición de arte, a la que, por supuesto, te voy a invitar —le dijo, la emoción en su voz era palpable.
Bianca se quedó atónita. Una sonrisa se dibujó en su rostro.
—No puedo creerlo, Santiago. De verdad, ¡estoy tan orgullosa de ti! Vaya, es algo genial lo que me estás contando.
—Te lo agradezco, de verdad. Es algo muy importante para mí —dijo él, su voz se suavizó—. Por cierto, lo siento si me presenté sin avisarte. Quería sorprenderte. Tu dirección me la dio Lorena.
Bianca asintió, atando cabos sueltos. Ahora