Mariola miró a su marido, Alonzo, con una preocupación que la consumía. Se acercó a él y le tomó la mano, sus ojos suplicando.
—Cariño, ¿no crees que deberíamos llevar a nuestra hija a un lugar para que la atiendan? —le preguntó, con la voz temblorosa—. Ya no parece estar bien. Se la pasa encerrada en su habitación, rompe cosas, se hace daño a sí misma. ¿Has visto sus muñecas? No sabes lo terrible que me siento cada vez que la veo de esa manera. Estoy muy preocupada. Hagamos algo para que esto cambie.
Alonzo la miró, su rostro reflejaba el mismo dolor, pero su voz era más dura.
—¿Crees que no me preocupo también por eso? Pero no sé qué más podemos hacer. Tatiana es una mujer que no se dobla, es bastante terca y permanecerá en la habitación por el tiempo que ella lo decida. No es algo que podamos manejar.
Mariola se llenó de ira.
—¡Por supuesto que lo podemos manejar! —exclamó—. Si eso significa sacarla a la fuerza, ¡pues lo haremos! La sacaremos de la habitación y la llevaremos a un c