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Mariola miró a su marido, Alonzo, con una preocupación que la consumía. Se acercó a él y le tomó la mano, sus ojos suplicando.

—Cariño, ¿no crees que deberíamos llevar a nuestra hija a un lugar para que la atiendan? —le preguntó, con la voz temblorosa—. Ya no parece estar bien. Se la pasa encerrada en su habitación, rompe cosas, se hace daño a sí misma. ¿Has visto sus muñecas? No sabes lo terrible que me siento cada vez que la veo de esa manera. Estoy muy preocupada. Hagamos algo para que esto
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